
La quinta edición española es una prueba de la buena acogida de esta obra teológica que el actual Papa escribió siendo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Publicada en castellano por primera vez en 2001, esta obra profundiza en uno de los elementos claves del Concilio Vaticano II, la renovación litúrgica, cuyo espíritu en muchos casos no ha llegado a los cristianos con la misma rapidez que los cambios exteriores. Ratzinger va más allá de la explicación teológica acerca del sentido de unos cambios que pueden aparecer como adaptación al ambiente de una época, y pone de relieve el hecho de que la liturgia —y el espíritu que la impulsa— sea revelación del mismo espíritu que anima a la Iglesia.
Como recordaba al presentar esta obra el obispo Romero Pose —la presentación se incluye por primera vez en esta cuarta edición—, “Joseph Ratzinger propugna que es necesario retomar en sus mismas raíces y orígenes las auténticas motivaciones del movimiento litúrgico, de aquel movimiento que atendía positivamente, y que no despreciaba, la experiencia propiamente religiosa. Ratzinger encuentra las raíces del culto, de la liturgia, en la fe bíblica. Rememora, pues, en la historia de la salvación, cómo Dios nos quiso regalar una liturgia, un modo determinado de ser agradecidos”.
Añade, como novedad, una introducción de Olegario González de Cardedal y un prólogo de Monseñor Eugenio Romero Pose +
Cristiandad reedita este clásico escrito en 1925 por el genial escritor inglés, con la novedad de incorporar un prólogo de Juan Manuel de Prada. Éste define a El hombre eterno como “pináculo” con el que culmina la experiencia que llevó a Chesterton a la conversión al catolicismo. Un periplo iniciado a partir de la curiosidad respecto a una institución a la que todos criticaban, y cuya doctrina y realidad sin embargo resistía a los tópicos. Un periplo si se quiere lógico, pues de Chesterton puede decirse algo semejante: que su obra resiste al paso del tiempo porque está construida sobre el sentido común, y no sobre la imaginación, a lomos de la cual, ayer y hoy, triunfan los escritores de éxito efímero.
Chesterton escribió esta obra en cierto modo respondiendo al materialismo de la Breve Historia del Mundo publicada en 1921 por Herbert George Wells. Si bien las fantasías bélico-cientificistas de este autor siguen siendo conocidas, no lo es aquél ensayo sobre la historia, en el que imbuido de un evolucionismo decimonónico venía a negar que, a fin de cuentas, el hombre significara una novedad respecto al mundo animal, y que a su vez Cristo añadiera algo original respecto a lo dicho por otros tantos hombres. A Chesterton le basta el sentido común para mostrar que el paso del tiempo de por sí no lo explica todo, que existen revoluciones y que el hombre es algo peculiar dentro del mundo, como lo es la persona de Cristo y el cristianismo en la historia humana. Reflexiones sobre algo aparentemente obvio, pero que hoy como hace 80 años conviene repensar.
El tomo VI de la colección “Apócrifos del Antiguo Testamento” ofrece a los lectores los escritos apocalípticos generados por el judaísmo de la época grecorromana poco antes del tiempo de Jesús o contemporáneamente a él. Unos son plenamente judíos, mientras que otros muestran signos claros de reelaboraciones cristianas, pero siempre sobre una base judía anterior claramente perceptible.
Este Tomo VI ofrece los materiales necesarios para responder a la pregunta, planteada desde el siglo XVIII, y con más claridad a mediados del siglo XX: “¿Es la apocalíptica judía la matriz de la teología cristiana?”. Los orígenes del cristianismo nacientes en el siglo I parecen ser los de una secta apocalíptica judía, entre otros grupos que conocemos de la misma época. Pero, a la vez, ello no quiere decir que el cristianismo como fenómeno histórico pueda reducirse sólo a la apocalíptica, ni que su teología sea idéntica a esta tradición judía.
La lectura de los textos presentados en este volumen, algunos de ellos los más imponentes que nos ha legado el judaísmo de todos los tiempos, como el Libro IV de Esdras, iluminará la mente del lector que ha de verse confrontado a los orígenes ciertos de una parte de la teología que quizás crea sólo cristiana.
El Señor recoge una parte de sus homilías, aquéllas que versa sobre la persona y la actividad de Jesús. Con palabras iluminadas por un certero instinto sobrenatural, busca Guardini contemplar al Señor, admirar su talante para acogerlo como Salvador. De esa intención nacen reflexiones llenas de naturalidad y de solidez teológica, que bosquejan atractivos perfiles de la personalidad de Jesús.
"Romano Guardini vivió intensamente su vida sacerdotal y la tarea apostólica que implica". Así comienza la espléndida introducción de Alfonso López Quintás que abre la edición que ahora presentamos.
El mismo lector podrá comprobar que el libro que tiene en sus manos es un excelente testimonio de tales palabras.
En este segundo y último volumen de la Historia de la Iglesia de Joseph Lortz, que ahora presenta Cristiandad, se mantiene la perspectiva y peculiaridad del anterior volumen, resumida en la tesis del propio autor. -La historia de la Iglesia es Teología- Verdadera ciencia, aunque con la originalidad de la ciencia que se ocupa de lo divino y lo humano a un mismo tiempo.
En este volumen, el autor, fiel a su enfoque, trata de la Iglesia empezando por su época Moderna para acabar en el Concilio Vaticano II. Enmarca la historia de la Iglesia en el todo de la historia general, para lograr así una visión mucho más completa que otros manuales y un mayor entendimiento de los sucesos. Lortz encuadra su Historia de la Iglesia en la historial del pensamiento. No se trata de un mero sucederse de acontecimientos, da razones sobre la Reforma y Contrarreforma, la Iglesia Anglicana y las Iglesias Orientales, o el Movimiento Ecuménico. Este modo de proceder explica que el manual de Lortz siga siendo de referencia obligatoria para aquél que quiera entender la Iglesia del siglo XXI y esta sociedad divina y humana en cualquiera de sus momentos históricos.
Agotada desde hace años la edición original de este tercer volumen de los Apócrifos del Antiguo testamento, Ediciones Cristiandad decidió en su día volver a ponerla a disposición de sus lectores. El éxito logrado por aquella primera edición quedaba ratificado por el interés creciente que este género de escritos ha venido suscitando en las últimas décadas. Parecía evidente que los destinatarios de la serie de “Apócrifos” debían contar con el conjunto íntegro de los títulos que la componen.
Animada por este propósito, Ediciones Cristiandad encomendó la nueva edición al profesor D. Antonio Piñero Sáenz, especialista en los escritos de la época, colaborador cercano del profesor D. Alejandro Díez Macho en la preparación de la edición primitiva y persona de valía bien conocida. Auxiliado por un nutrido grupo de destacados expertos, Piñero Sánez ha llevado a cabo una completa revisión de la primera edición. Se han enmendado algunos textos, se han añadido abundantes referencias a pie de página, empleando bibliografía actualizada, y varios de los libros que forman el volumen han sido copiosamente glosados mediante las oportunas introducciones.
Fruto de la tarea cumplida es una obra que, permaneciendo fiel al espíritu que alentara al profesor Díez Macho, sin embargo debe también considerarse un trabajo por completo innovador. El detrimento causado en la primera edición por el paso de dos décadas de intensa efeverscencia investigadora es subsanado sin merma de la acreditada calidad de la obra original.
En sus catequesis semanales desde el 15 de marzo de 2006 al 14 de febrero de 2007, el papa Benedicto XVI evocó las figuras de los doce apóstoles y de los primeros discípulos de Cristo, los santos y apóstoles Pablo, Esteban, Timoteo y Tito, Bernabé, Silas y Apolo, los esposos Priscila y Áquila, y las mujeres al servicio del Evangelio. Con el estilo sintético y asequible que le caracteriza, Benedicto XVI, a quien ya algunos llaman en Roma “el papa de las homilías”, presenta el cristianismo como un “estar con Jesús”, y por tanto la necesidad de conectar con aquellos a los que el mismo Dios encarnado eligió para que fueran “expertos en Jesús” y transmitieran el Evangelio. La tradición nos une –en la Iglesia y gracias a la sucesión apostólica– con esos primeros cristianos y cristianas a los que los apóstoles supieron transmitir una fuerza que transformó sus vidas y el mundo en que vivían. Tras la reflexión inicial sobre los apóstoles y la tradición, Benedicto XVI hace un ágil retrato de cada uno de ellos, con episodios de particular belleza, como el de la confirmación del primado de Pedro tras la resurrección. Termina evocando con familiaridad personajes de la primitiva cristiandad. Como es el caso de los apóstoles, aquéllos dan pie al autor para sacar punta ascética a las virtudes en que fueron ejemplares.

