
Ser cristiano no es fácil. Es una vocación de altura. Cordial pero exigente. Familiar pero luchadora. Esconde una paradoja: esta excelencia es compatible con no pertenecer a ninguna élite de la sociedad en que se vive. Y al revés: está cerrada para algunos pertenecientes a algunas de esas élites. Ser cristiano es un prodigio de libertad y de esfuerzo pacífico porque se apoya en la constante ayuda de Dios. Este libro quiere explicarlo acudiendo a la Biblia y especialmente al Apocalipsis, siguiendo el ejemplo de aquellos primeros cristianos. Describe la elección de los cristianos que descubrieron que en Cristo hallaban respuesta a todas sus inquietudes intelectuales y morales, a sus aspiraciones sociales y familiares. Cristo era verdaderamente plenitud de propuesta y de respuesta a la vez. Con Él, supieron afrontar su vida y ser felices. Y transmitieron esa vida y esa felicidad a sus hijos y parientes y amigos. Y esa cadena de transmisión ha llegado hasta hoy.
Los salmos son oraciones poéticas. El creyente desgrana su existencia ante Dios a lo largo de ciento cincuenta poemas. En ellos tiene cabida la amplia gama de sentimientos humanos, desde el dolor más profundo. hasta el gozo más intenso. Israel supo orar con los salmos; es decir, captó en este «repertorio oficial de oraciones» las palabras con las que un padre enseña a su hijo, se apropió de ellas y se dirigió a Dios sin ficción ni fingimiento.
Jesús oró con los salmos. La Iglesia heredó de Israel esta antología de oraciones. Con ellas ha orado desde sus orígenes y aun hoy continúa orando auténticamente: se dirige a Dios mediante su santa palabra, dirigida al Padre, por medio del Señor, en la unidad del Espíritu.
El presente libro es el resultado de una nueva traducción del texto hebreo, cuya finalidad es ayudar al cristiano de hoy a orar cristianamente con estas oraciones poéticas seculares.
Jesús ben Sirá finaliza su obra ―Eclesiástico o Sirácides— evocando el pasado. Los últimos capítulos del libro son una auténtica galería, una lectura de la historia. Los cuadros expuestos son numerosos y variados. Así, el autor elogia a «los hombres ilustres / a nuestros padres según sus generaciones» (Sir 44,1). El visitante puede contemplar el semblante de Noé o del sacerdote Simón (220-125 a.C.). El autor pretende que sus contemporáneos adquieran «ciencia e inteligencia» (Sir 50,27). Podemos admirar otra galería de antepasados en la carta a los Hebreos. En ella penden esbozos desde Abel hasta hermanos desconocidos y torturados (incluso asesinados) por el hecho de ser cristianos. Nuestros mayores, ¿no tendrán algo que decir a las generaciones actuales? Visitemos la Galería de ancianos, y detengámonos en el cuadro que más nos plazca.
Ángel Aparicio Rodríguez (Torquemada, Palencia), claretiano, es catedrático de la Universidad Pontificia de Salamanca en el Instituto Teológico de Vida Religiosa (Madrid). En la BAC ha publicado también Los salmos, oración ele cada día (2010) y Comentario filológico a los Salmos y al Cantar de los cantares (2012).
El Antiguo Testamento suele presentar problemas para el lector actual, al punto que en ocasiones huye de él o elude sus textos. Es habitual oír que muchos textos del Antiguo Testamento «son difíciles de interpretar» o que «contradicen nuestra sensibilidad». La presente Introducción reconoce esas dificultades y busca facilitar el acceso a sus libros ofreciendo herramientas de lectura que privilegian aquellos elementos que conducen a la interpretación (hermenéutica) de cada obra.
Reunidos en secciones pero tratados en forma separada, cada libro es abordado como una pieza literaria que da testimonio de la fe del antiguo Israel pero que también le habla hoy a quien recorra sus páginas. Esa aproximación permite que sea leído como un texto que vive y respira, y cuyo mensaje, lejos de ser antiguo, nos desafía a renovar nuestro pensamiento.
A fin de incluir las Escrituras de la mayoría de los textos propios de las tradiciones judías y cristianas se da lugar en esta Introducción junto a los de la Biblia Hebrea a aquellos libros llamados Apócrifos y Deuterocanónicos.
El gran San Ambrosio ha escrito un pequeño libro ... Se llama “Nabot”. Nos hará bien leerlo en este tiempo de Cuaresma. Es muy bello, es muy concreto. Papa Francisco (Cuaresma 2016)
En las tres obras que presentamos en este volumen y que componen una verdadera trilogía, Ambrosio se ocupa de personajes en sí dispares del Antiguo Testamento: un profeta, un propietario de la ciudad de Jezrael y un israelita piadoso del norte de Palestina.
Se trata de figuras que vivieron en épocas diferentes de la historia del pueblo judío –entre los siglos ix-viii a. C.–, es decir la última época de la monarquía y la deportación a Babilonia.
Todas ellas, sin embargo, tienen en común que sus historias han alcanzado un grado tal de ejemplaridad, que las convierte en un verdadero paradigma de comportamiento.
No tiene, por tanto, nada de extraño que el autor se haya fijado en ellas para abordar abiertamente la situación en la que vive una sociedad ya cristiana pero flagelada por los vicios de todos los tiempos.
A través de ellas, el santo obispo expresa sus preocupaciones pastorales, al zaherir en tonos duros y hasta dramáticos dos de los pecados capitales que entonces –como en todas las épocas de la historia– causaban estragos, también entre los cristianos milaneses de finales del s. iv: la lujuria en el amplio sentido de la palabra (Elías) y la avaricia (Nabot), que se refleja, entre otros desmanes, en la usura (Tobías).
No se puede afirmar, sin embargo, que estos textos sean puramente recriminatorios y se propongan simplemente mostrar los horrores de esos vicios; a la vez, presentan el atractivo de las virtudes opuestas.
Algo análogo ocurre con los otros dos, en los que, sin que se haya traducido en el título, se ensalza la virtud de la pobreza, el desprendimiento de los bienes de esta tierra, la magnanimidad hacia los menesterosos y sobre todo la generosidad y misericordia divinas, que se vuelcan sobre aquellos que saben ejercitarse en esas actitudes en el trato con sus semejantes.
Estas obras se traducen ahora por primera vez en lengua castellana.

