San Bernardo ha sido y sigue siendo un maestro de vida cristiana. El secreto de su magisterio en la Iglesia radica en que su doctrina es la expresión de su experiencia. Atrae y convence porque habla de lo que vive. El sentido de la vida, repite sin cesar, es recuperar y restaurar esa joya que es la imagen y semejanza divinas, deterioradas por el pecado. O, como le gusta decir con la Biblia, «ordenar el amor», vivir en la escuela del amor. El amor es la fuente, el camino y la meta del hombre. Es su razón de ser y su plenitud. Amor afectivo y amor activo. Amor que contempla y arde en deseos, y amor que trabaja y se entrega a los demás. Sin la clave del amor Bernardo es incomprensible, y con ella se nos abren todas sus puertas. La selección aquí presentada puede ser una brisa de aire fresco, un estímulo y el contacto directo con un maestro espiritual.
Con la denominación de monástica, religiosa o consagrada, liminal o profética, miles de personas sienten la fascinación de esa forma de vivir, que admite muchas variantes y que, anterior al cristianismo, existe desde la antigüedad. El fenómeno -cuando acontece en nuestro tiempo- resulta llamativo, y desconcierta. Aquí se ofrece una reflexión sobre él y una visión teológica en camino para tiempos de cambios profundos, en el contexto de nuestra época, definida como posmoderna, neoliberal, planetaria y global. Son destinatarios de esta obra quienes se interesan por una eclesiología existencial abierta a todas las formas de vida cristiana; quienes desean descubrir una importante dimensión utópica, carismática y creativa de la existencia cristiana; quienes se inician en esta forma de vida y buscan respuestas adecuadas para nuestro tiempo; quienes desean repensarla y refundarla desde nuevos presupuestos; y también, quienes, interesados por la ecología humana de la Iglesia, desean descubrir una de sus zonas más misteriosas.
Un ángel, ligeramente estrábico, es enviado a la tierra para redactar un informe sobre los seres huma-nos. Animal bípedo, autoconsciente, versátil, neuró-tico. Un ser muy complicado, el hombre. La complicación afecta a todas sus funciones. Piensa y ama y sufre complicadamente. Es un ciempiés con juanetes. Inventó el pleonasmo, la carrera de obstáculos, los botones de la bocamanga y las objeciones filosó-ficas a los sistemas filosóficos. Pero al autor del in-forme le ha impresionado especialmente la relación tan complicada que los humanos tienen con Dios. Algunos prefieren caminar hacia la vida eterna andando sobre zancos. Otros se esfuerzan en cons-truir una altísima escalera para llegar hasta Dios mientras éste, a su lado, pacientemente les va su-ministrando yeso y ladrillos. Son complicados en su orgullo, pero no menos en su humildad. ¿Y el famo-so progreso humano a través de los siglos? A de animal, B de Boston. Hoy como ayer, en vez de acercar el taburete al piano, siguen empeñados en arrastrar el piano hasta dónde está el taburete.
Ante el deterioro de nuestro planeta son muchas las voces que se alzan pidiendo un gesto de responsabilidad. Estas páginas recorren, a grandes zancadas, la historia cristiana, entreviendo entre sus pliegues los signos de un respeto a la creación que viene exigido por la misma fe cristiana. Esos signos son innumerables y tan sólo unos pocos han podido ser recogidos aquí. Nuestra reflexión, explícitamente creyente, es una invitación a colaborar en la tarea de conservar para el futuro el mundo creado que nos ha sido concedido como hogar. También, estas páginas quieren tender un puente, sencillo y «ecológico» entre la contemplación y la acción. El mundo creado es para los cristianos un libro en el que nos habla Dios, pero es también un interlocutor que nos dirige algunas urgentes demandas éticas.