Afirma Martin Buber en estos «Estudios sobre las relaciones entre religión y filosofía» que «existe un eclipse de Dios de igual forma que existe un eclipse solar, y la hora que nos toca vivir es una hora de tiniebla».
Así, al reflexionar sobre la relación que ha mantenido el hombre con el Absoluto a lo largo de la historia –desde la Antigüedad al tiempo presente–, el filósofo vienés considera que Dios se ha convertido en algo irreal para el hombre contemporáneo.
Esta situación no ha sido fortuita, sino que tiene su causa en la evolución de la filosofía occidental, pues se trata de una filosofía centrada en un individuo que objetiviza la realidad (yo-ello) y no en una persona que existe y experimenta a partir de la relación dialógica (yo-tú).
La sencilla biografía de Abba Isidor, monje del monasterio de la Trinidad de San Sergio y padre espiritual, encierra entre sus páginas una certeza sorprendente: la existencia objetiva de la vida espiritual.
Cuando el científico y pensador Pavel Florenskij entró personalmente en contacto con Abba Isidor, experimentó en profundidad que Dios es la fuente de la belleza, el sentido y fundamento de la existencia. Una persona verdaderamente espirituales es la prueba empírica irrefutable de la imagen y semejanza divinas que todo hombre atesora.
El presente libro es un manual de teología trinitaria desde una perspectiva sistemática. Las dos categorías más originales que utiliza en su reflexión son la correspondencia y la paradoja aplicadas a Dios.
Consta de cuatro partes bien diferenciadas: 1) Los múltiples lenguajes para hablar sobre Dios, comenzando por los bíblicos: el profeta, el salmista, el sabio, el historiador, el sacerdote… 2) La dualidad entre analogía y dialéctica, la tensión entre correspondencia y paradojas. 3) La circularidad hermenéutica existente entre Hombre-Dios-Cristo. 4) La relación dialéctica que une el relato, remitiendo a la historia que nos precede, con la reflexión que mira al fundamento de posibilidad de donde nace la doble lectura que recibe cada gran tema, coimplicadas siempre como consecuencia la sección narrativa y la sección sistemática.
Cada una de estas partes tienen a Jesús de Nazaret como referente, pero su conjunto siempre trata de ser entendido desde la Trinidad eterna.
En los primeros tiempos del cristianismo, el término «parroquia» hacía referencia a la comunidad de cristianos que habitaban en un lugar determinado, como otro grupo más de ciudadanos. Con todo, vivir entre los hombres nunca les hizo perder su condición de «peregrinos».
Con el tiempo, la parroquia ha pasado a convertirse en una estructura fundamental para la Iglesia: gracias a ella la Iglesia de Dios se hace presente en un lugar concreto, en su seno somos engendrados a la fe, en ella aprendemos a ser cristianos en medio de la vida cotidiana, ella es presencia evangelizadora entre los hombres.
Pero tanto las circunstancias actuales como la propia exigencia de ser fiel a su identidad y misión hacen que la parroquia deba adaptarse y renovarse. Y para ello no es necesario inventar nada, sino sobre todo profundizar con sencillez en sus rasgos fundamentales: la celebración de la liturgia y la escucha de la Palabra, la comunión, el testimonio y el servicio a todos aquellos que lo necesitan.
ENGLISH
"Parish"
Bianchi’s reflection on the parish leads us to perceive the need for renewal. This requirement arises both from the current situation and the need to be faithful to its deepest identity.
El genial pensador ruso Vladímir Soloviov concibió Teohumanidad como una introducción sistemática a su doctrina. En este sentido, su intención de fondo fue elaborar una nueva síntesis entre el pensamiento filosófico y científico de Occidente y las tradiciones espirituales, especialmente de la cultura rusa.
Su primer capítulo comienza así: «Voy a hablar de las verdades de la religión positiva; de asuntos, pues, muy alejados y muy extraños a la conciencia contemporánea. Pero es que la civilización contemporánea se interesa por cosas que ni interesaron ayer ni interesarán mañana. Permítaseme, por tanto, preferir aquello que es igualmente importante en todo tiempo.
Por lo demás, no voy a entrar a polemizar con quienes, en la época actual, mantienen una actitud negativa hacia el principio religioso; y digo que no voy a disputar con los adversarios contemporáneos de la religión porque tienen razón. Afirmo que quienes rechazan la religión hoy en día tienen razón porque el estado actual de la propia religión suscita rechazo; porque la religión, de hecho, no es lo que debería ser».
Isaac de Nínive nació en la región de Beit Qatraye (actual Qatar), a orillas del golfo Pérsico, en el siglo VII. Monje y autor espiritual, fue consagrado obispo de Nínive (en el actual Iraq), pero a los cinco meses dimitió y regresó a la vida eremítica. Se quedó prácticamente ciego debido a la austeridad de su vida y al intenso estudio de las sagradas Escrituras, y murió a edad avanzada.
A Isaac se le reconoció muy pronto una autoridad indiscutida como maestro de vida ascética, y tras su muerte sus obras gozaron de gran éxito sobre todo en los ambientes monásticos de su Iglesia. Traducidas a partir del siglo IX del siríaco al griego y al árabe, fueron muy apreciadas también en otras Iglesias orientales, y más tarde en el mundo eslavo y en los países latinos. Por tratarse de colecciones de discursos y no de obras sistemáticas, resulta difícil saber si lo que ha llegado hasta nosotros es la totalidad de su obra o sólo una parte. La crítica moderna ha agrupado sus escritos en tres amplias colecciones.
Las páginas que integran El quehacer de la teología ofrecen una fundamentación y una invitación al estudio de esta materia, exponiendo su génesis y su ejercicio, su técnica y su alma a lo largo de su historia.
Simplemente reflexionando sobre su etimología, el término «teología» expresa la manifestación y la donación que Dios hace de sí al hombre para que, participando de su misma vida, pueda llegar a ser conocido Él y sus designios. Esta revelación divina contiene, por otra parte, la capacitación para poder responder a Dios desde la acogida, la confianza y la correspondencia plena, es decir, desde la fe.
La teología afecta, además, a las relaciones sociales que se establecen entre los hombres. Así, una cultura que no busca fuentes de sentido y de orientación última, que se cierra pragmáticamente en lo verificable inmediato, termina conduciendo a relaciones de violencia y desesperación, tanto con uno mismo, como con los demás y con el resto de las cosas y criaturas que componen la realidad.
Teología es reflexión, argumentación y adoración. A lo largo de la historia, los momentos fundamentales de la vida de Jesús han constituido el territorio privilegiado para llevar a cabo esta disciplina. No en vano, desde el principio del cristianismo se contempla a Cristo en su itinerario terreno a fin de rastrear las huellas de Dios y los rasgos constitutivos de todo ser humano.
Según esta lógica, el tiempo y el espacio cobran una especial relevancia. No es posible hablar hoy de Dios sin que Él se haga presente en el aquí y ahora disponibles para los hombres y mujeres vivientes. Pero resolver semejante paradoja –la trascendencia en la inmanencia, la eternidad en el tiempo, el espíritu en la carne, lo divino en lo humano– es la tarea que ha de emprender la teología para cumplir con su finalidad primera: dar sentido a la existencia humana y ofrecer esperanza transmundana, es decir, salvación.
El novedoso comentario al evangelio según Marcos que nos ofrece Joel Marcus consta de dos volúmenes. Este segundo incluye la traducción y el comentario de los capítulos 8-16, junto a varios apéndices y el índice temático.
La traducción ha buscado respetar la literalidad del texto, para que incluso los lectores que no conocen el griego puedan percibir la fuerza de la tosquedad gramatical y sintáctica de Marcos, así como las conexiones terminológicas dentro del texto. Las notas que explican las opciones de la traducción destacan los problemas exegéticos que plantean algunas palabras y frases, además de transmitir informaciones técnicas.
El comentario constituye el corazón de la obra. Se trata de hacer accesible este evangelio tanto al lector que intenta entender un determinado pasaje como al investigador que pretende situarlo dentro del desarrollo de la vida y el pensamiento de la Iglesia antigua. Joel Marcus se esfuerza por descubrir el tema central de cada perícopa y recuperar la experiencia de los primeros oyentes, a fin de hallar su sentido genuino.
Al ritmo de los días el creyente cincela su vida con la escucha de la Palabra. Y si además se tiene la responsabilidad de acompañar a la comunidad cristiana desde el ejercicio del ministerio recibido, esta Palabra no puede por menos que orientar, sugerir, llenar de esperanza y comprometer en el amor.
Los textos reunidos en este volumen tienen como denominador común la perspectiva eclesial; mejor dicho, testimonian la convicción de que la Iglesia es el territorio natural donde la Palabra de Dios desvela sus sentidos e ilumina cada faceta y dimensión del ser humano.
Esta Palabra divina, que halla su manifestación suprema en el amor de Cristo crucificado, se prolonga en la comunión y misión de la Iglesia, en las diversas vocaciones que la concretan, en la oración siempre presente y en la búsqueda incansable de la verdad y la dignidad humanas.
«Siempre se les pregunta a los escritores por qué escriben. Y supongo que las respuestas con muchas: fama, éxito, belleza, dinero…
La mía es muy sencilla: escribo para comunicarme, para ganar amigos, para amar y ser amado. Y me gusta que mis libros sean una hoguera en la que otros vienen a calentarse dentro de un mundo frío.
Desde esta amistad, estrecho tu mano, lector.
Con un abrazo de
José Luis Martín Descalzo».
En este volumen se reúnen los cinco libros de Martín Descalzo: Razones para la esperanza, Razones para la alegría, Razones para el amor, Razones para vivir y Razones desde la otra orilla. A cada libro le precede una presentación especial: Invitación (José María Javierre). Pórtico (Joaquín Luis Ortega). Atrio (José María Cabodevilla). Umbral (Antonio Montero). Cancela (Paloma Gómez Borrero). Zaguán (José Jiménez Lozano).
La vocación es ante todo un acontecimiento personal. Por ser única e irrepetible, debe tenerse especial cuidado al teorizar sobre ella, pues se corre el peligro de «simplificarla y trivializarla».
La mejor forma de conocer el sentido de la llamada que el Señor dirige a una persona consiste en comprenderla a la luz de su Palabra. De hecho, la Palabra no solo nutre cada vocación, sino que es su territorio natural, como atestiguan las historias de Abrahán, Moisés, Samuel y Jeremías, en el Antiguo Testamento, o Jesús y sus discípulos, en el Nuevo.
Al contemplar la riqueza y variedad de las distintas vocaciones, el creyente tiene la posibilidad de discernir los elementos comunes y permanentes que caracterizan la llamada de Dios y de reconocerlos en su propia historia de salvación.